En los recuerdos de su niñez, hay una serie de viajes recurrentes que no tenían como destino un parque o la casa de un familiar. Eran trayectos en coche hasta el corazón de Pontevedra, una ciudad que en su memoria quedó grabada con el tacto de la piedra húmeda bajo los pies y el murmullo tranquilo de sus plazas. Para el niño que era entonces, el propósito de estas visitas era difuso, envuelto en una seriedad adulta que no sabía cómo interpretar. Sabía que no iba al médico por una gripe o una herida visible; el lugar de destino era una consulta diferente, una puerta discreta en un edificio del centro.
El espacio interior no era intimidante. Lo recuerda como un lugar silencioso, con una pequeña sala de espera donde su madre o su padre leían una revista mientras él aguardaba. A veces había una caja con algunos juguetes o lápices de colores, objetos que servían de puente entre su mundo y el de la persona que le esperaba dentro. La psicóloga no era una doctora con bata blanca, sino una mujer de voz suave que se sentaba a su nivel, no para examinarlo, sino para conversar.
Sus sesiones no se sentían como un tratamiento. Eran, más bien, un tiempo dedicado a jugar, a dibujar o a construir historias con muñecos. Sobre el papel o en el tablero de un juego, aquel niño encontraba una manera de expresar emociones para las que aún no tenía palabras. La tristeza, el miedo o la rabia tomaban la forma de un dibujo con colores oscuros o de un personaje que se escondía. La consulta se convirtió en un espacio seguro, un paréntesis semanal donde sus sentimientos eran válidos y escuchados sin juicio. No entendía el mecanismo terapéutico, pero sentía el alivio.
Con el tiempo, las visitas se fueron espaciando hasta que cesaron. El niño creció, y las herramientas que adquirió en aquella sala se integraron en su forma de ser de una manera casi invisible. Hoy, el adulto que recuerda aquellos viajes a la clínica psicológica Pontevedra no los ve como el estigma de un problema, sino como un acto de cuidado por parte de sus padres. Aquella puerta entreabierta fue su primera lección sobre la importancia de la salud emocional, un aprendizaje temprano de que, a veces, el mayor acto de valentía es simplemente sentarse a hablar.