Disfruta de una buena comida sin salir del centro

La hora punta tiene banda sonora propia: el tintinear de cubiertos, una conversación que sube medio tono y ese desfile de platos que convierte cualquier calle céntrica en pasarela gastronómica. Entre fachadas históricas y escaparates que hipnotizan, el rumor corre de mesa en mesa: el restaurante Ferrol ha entendido que comer bien en el corazón de la ciudad no tiene por qué ser un lujo reservado a pocos ni una lotería de menús correctos sin chispa. La prueba está en la fila discreta de clientes que llega sin prisa pero sin pausa, como quien sabe que lo que aguarda dentro merece la espera.

La cocina que respira kilómetro cero y habla en presente tiene un magnetismo difícil de disimular. No se trata solo de pescados que aún parecen contar anécdotas del puerto, ni de verduras con apellido de huerta cercana; es el modo en que esas materias primas se convierten en relato. El chef, un obseso benigno de los fondos y las cocciones precisas, defiende que la técnica no debe eclipsar el sabor, y lo demuestra con platos que apuestan por la memoria gustativa sin renunciar al guiño actual. Si a eso sumamos una carta que rota con la estación y un menú del día que sorprende más de lo que promete, el panorama invita a guardar el móvil y afinar el paladar.

La escena de servicio merece mención aparte. Hay una agilidad casi coreográfica que evita el estrés sin caer en la frialdad. La camarera que llega con el pan aún tibio no recita una letanía, traduce la carta al idioma del antojo: “Si hoy necesita consuelo, el guiso; si lo que busca es brío, el tartar”. Un periodista se fija en esos detalles porque delatan una filosofía: no se vende humo, se acompaña a decidir. Y cuando el postre asoma, suele haber algún dilema moral: repartir la tarta de queso o defenderla con argumentos jurídicos. Gana, como siempre, el más rápido con la cucharilla.

Hay una apuesta deliberada por el producto de cercanía que trasciende la etiqueta. No basta con decir de dónde viene cada pieza: aquí se cuenta por qué se elige a ese mariscador y no a otro, por qué el pan fermenta el tiempo que fermenta y cuál es el secreto para que un caldo no sea solo un caldo. Son conversaciones que ocurren de pie, al borde de la barra, mientras alguien pide una copa por copas—porque sí, también hay una pequeña bodega pensada para navegar de blanco atlántico a tinto con hombros. Nada de cartas interminables que confunden más que informan; unas cuantas referencias elegidas con criterio, y la invitación a experimentar media copa si aún hay dudas.

Desde el asiento junto a la ventana se entiende por qué el lugar se ha ganado un hueco en la agenda de quienes comen fuera por trabajo y de los que celebran porque sí. En una misma franja horaria coinciden el traje que busca una comida que no robe la tarde y la pareja que transforma un martes en viernes por decreto. La flexibilidad manda: raciones para compartir, platos individuales con porte de domingo y, si se tercia, guiños fuera de carta que justifican un comentario entusiasta al salir. El periodista que firma estas líneas no es inmune a la debilidad por un pescado al punto, con piel que cruje como hoja seca y carne que cede sin batalla.

La geografía del comedor también ayuda. Mesas sin corsé, separación suficiente para no escuchar el informe contable de la mesa de al lado, luz que favorece la conversación y no convierte cada plato en una sesión de fotografía profesional. Se agradece que el protagonismo lo ocupe lo que llega del pase, no el ego del interiorista. La música de fondo, discreta y limpia de estribillos machacones, permite que el cuchillo suene donde tiene que sonar: sobre la corteza que cede. Si el periodismo es el arte de mirar, aquí lo difícil es no detenerse en el ritmo del servicio, en ese gesto de rellenar agua antes de que falte, en la mirada rápida que capta una duda en la mente del comensal y se adelanta con una sugerencia.

Las conversaciones con la cocina dejan titulares suculentos. “Nuestra regla es sencilla: si el producto no sonríe por la mañana, no sale a la sala”, confiesa el chef, mitad broma, mitad manifiesto. En una época de cartas copiadas y fotos calcadas, esa personalidad se agradece. No hay fuegos de artificio, pero sí pequeños trucos de ilusionista: un sofrito que no se quema nunca porque se mima como si fuera un protagonista; una vinagreta con memoria ácida que despierta al vegetal más tímido; una salsa untuosa que entiende el concepto de equilibrio mejor que muchos discursos.

En el terreno del precio, la ecuación es honesta. Se puede comer de forma sensata, con primero que conversa con el segundo y postre que pone la rúbrica, sin que el bolsillo convoque cumbres de emergencia. Y si la idea es darse un homenaje con todas las letras, el servicio sabe cómo convertirlo en experiencia: un maridaje corto para quien no tiene la tarde libre, un digestivo que no pretende ganar likes, un café que no llega sobre extraído y triste. La sobremesa a menudo se alarga lo justo como para que uno se pregunte por qué no hacemos esto más a menudo.

Hay ciudades que se explican por sus plazas, otras por sus museos; las hay que encuentran su relato en la mesa. Este es un caso de libro: en plena arteria urbana, la cocina demuestra que el centro no es solo un punto en el mapa, sino una manera de estar a mano de quienes caminan, trabajan, compran o simplemente se dejan caer con la excusa de “algo rápido”. Lo rápido puede ser digno, y lo digno, memorable. Si alguien sigue dudando, que asome a la barra en la hora feliz, cuando el cuchillo de pan marca el compás y la sala funciona con la precisión de una redacción en cierre, pero con el tacto de una sobremesa bien llevada.