Una mañana cualquiera, uno podría decidir ir al parque, hacer una ruta de senderismo o quedarse en casa viendo documentales sobre tiburones—pero, ¿qué tal si la aventura es ser parte de ese documental? Eso es precisamente lo que se siente cuando cruzas las puertas del centro de buceo Vilagarcía de Arousa, un punto de encuentro para los que quieren dejar de imaginar el océano y empezar a explorarlo desde dentro. Aquí no se trata solo de ponerse un traje ajustado (que realza curvas inesperadas), unas aletas y esperar instrucciones; es embarcarse en una experiencia casi interplanetaria en el mismísimo corazón de la ría.
El primer reto suele ser ajustarse a la sensación de respirar por la boca mientras el aire huele suavemente a plástico (¿o será la emoción?). La sonrisa nerviosa del monitor lo dice todo: nadie se ha asustado lo suficiente como para volver a la superficie en el primer minuto, pero tampoco nadie ha bajado sin que el corazón le dé saltos de cangrejo fantasma. El agua en Galicia no es el Caribe, pero quien ha buceado aquí sabe que la atmósfera tiene un encanto diferente, una especie de magia nublada, como si las aguas guardasen secretos solo para los valientes curiosos. La temperatura puede sorprender al más templado, pero nada que un poco de energía previa y ganas de vivir una buena historia no puedan aliviar.
A medida que avanzas, la superficie se aleja y entras en una dimensión donde los ruidos quedan lejanos y las burbujas se convierten en melodía. Un pez de colores te observa como si preguntara en gallego si realmente sabes lo que haces ahí abajo. Ya para entonces la impresión de rareza se ha transformado en sed de descubrimiento. Bajo los ojos atentos de los guías, las formaciones rocosas cobran vida entre bosques de algas que se balancean al compás de mareas secretas, refugio de nécoras, grillos marinos y caballitos que parecen salidos de un cuento mitológico.
No obstante, la sensación de flotar sin peso es lo que verdaderamente cautiva; esa pequeña rebelión contra la gravedad resulta adictiva y, aunque los brazos se mueven torpemente al principio, en minutos se olvida el pudor terrestre y uno se siente parte de una coreografía milenaria de peces, con estrellas de mar como público y un fondo tapizado por el continuo parpadeo de la luz marina. Quien ha probado una vez, suele repetir. Los más osados cuentan que con cada inmersión se abre la posibilidad de encontrar escenas tan cómicas como percibir a una sepia tomando posturas de yoga o a una lubina enfadada al verte alterando su paseo habitual.
La confianza con el entorno aumenta y eso se nota en la despedida líquida, todavía con el pulso de quien ha traspasado una puerta a un territorio insospechado. El valor de lo vivido se percibe más aún al alcanzar el barco y oír a los compañeros contando encuentros con bancos de peces que iban “en formación”, o con el misterioso “pez bigote” que solo aparece cuando prestas mucha atención y olvidas la cámara en el bolsillo del chaleco. El monitor, con la seriedad que sólo un gallego tras una jornada de mar puede tener, felicita por la experiencia y da pie a bromas sobre quién tragó más agua, quién se quedó más quieto y quién aprovechó la ocasión para hacer burbujas artísticas.
Al caminar de regreso, el aire parece más liviano y la conversación se llena de guiños cómplices. Nadie sale igual después de ver lo que se esconde bajo la superficie, ni siquiera esos que el primer día aseguraron que solo querían probar una vez. De hecho, es habitual ver caras conocidas, reincidiendo en la experiencia, dispuestos a descubrir otro rincón de la ría, porque, como diría cualquier buen local del lugar, uno nunca termina de conocer su mar. Lo que sí queda claro es que después de vivir esa sensación de descubrir un reino propio y palpitante bajo el agua, el deseo de calzarse de nuevo las aletas aparece por sí solo. Y entonces los lunes aburridos parecen menos grises, porque la aventura siempre te da una buena historia para contar en la sobremesa.