Recuerdo con absoluta claridad esa noche en la que la fiebre de mi hijo subió de forma inesperada y alarmante. Eran las tres de la madrugada, la ciudad dormía y la sensación de impotencia y pánico se apoderaba de mí. En ese momento, la urgencia de encontrar un antitérmico y recibir un consejo profesional se convirtió en mi única prioridad. No era un capricho, era una necesidad vital. Es en situaciones como esta cuando realmente se entiende el valor incalculable de un servicio que se mantiene en funcionamiento cuando el resto del mundo se detiene. La existencia de una farmacia abierta en Santiago de Compostela las 24 horas no es solo una comodidad, sino un pilar de la seguridad sanitaria de la comunidad.
La logística detrás de mantener un servicio de guardia o de apertura continua es algo que siempre me ha generado una profunda admiración. Implica un compromiso extraordinario por parte del equipo humano, sacrificando sus horas de descanso para velar por nuestra salud nocturna. Detrás de ese mostrador iluminado en la oscuridad, hay profesionales dispuestos a atender desde una urgencia menor hasta la dispensación de un medicamento crítico que no puede esperar. Esta dedicación es la que nos ofrece a los ciudadanos esa preciada «paz mental», el saber que, ante cualquier contratiempo médico, hay una puerta abierta y un rostro dispuesto a ayudar.
En una ciudad como Santiago, con su constante ir y venir de peregrinos y turistas, la disponibilidad ininterrumpida de una farmacia adquiere una dimensión aún mayor. No solo atiende a los residentes, sino a miles de personas que están de paso, que no conocen los servicios locales o que necesitan asistencia inmediata para continuar su camino. He presenciado la paciencia y el buen hacer del personal al tratar con peregrinos lesionados o con viajeros que han olvidado su medicación esencial. El servicio que ofrecen trasciende lo comercial; es un acto de cuidado y apoyo al visitante en un momento de necesidad.
Para mí, el valor de la apertura nocturna no se limita a las emergencias. A veces, simplemente necesito un producto de higiene básica que se ha terminado o un consejo para una indisposición leve que no requiere una visita a urgencias. Poder resolver estas pequeñas contingencias a cualquier hora del día o de la noche me permite gestionar mi salud de manera más eficiente y sin generar una carga innecesaria a otros servicios sanitarios. Es un filtro esencial que garantiza que los recursos de emergencia se utilicen solo para lo verdaderamente crítico.
La tranquilidad de saber que este servicio vital está operativo, sin importar si es festivo, fin de semana o la hora que sea, es un factor determinante en mi seguridad personal y la de mi familia. Es un compromiso silencioso pero firme con el bienestar colectivo. El personal que trabaja en estas condiciones nocturnas o de guardia merece todo nuestro reconocimiento, ya que son la primera línea de ayuda que se activa cuando la vida nos sorprende con un imprevisto. Ellos son los verdaderos guardianes de la noche, asegurando que la salud de la comunidad nunca duerme.