A menudo, asociamos la «gran cocina» con horas frente a los fogones, múltiples sartenes y recetas complejas. Sin embargo, hay noches en las que el cuerpo no pide elaboración, sino consuelo inmediato. Fue en una de esas noches, con la nevera medio vacía y el cansancio acumulado de la semana, cuando descubrí el placer culpable y absoluto de cenar mascarpone queso.
Para la mayoría, el Mascarpone es simplemente «el ingrediente del Tiramisú», un actor secundario que necesita azúcar y café para brillar. Qué equivocados estamos.
Decidí que esa tarrina blanca sería mi plato principal. No hubo cocción, solo ensamblaje. Tosté una rebanada de pan de masa madre, de ese con la corteza dura y la miga alveolada, y dejé caer sobre ella una cantidad generosa de queso. La magia del Mascarpone reside en su textura: no es exactamente queso, ni tampoco mantequilla; es una nube láctea, densa y sedosa que se funde ligeramente con el calor del pan tostado.
Para elevar la experiencia, añadí lo único que este lienzo blanco necesita: contrastes. Un hilo de miel de flores silvestres para el dulzor, unas nueces troceadas para el crunch, y una pizca de sal en escamas para despertar el paladar. Y, por supuesto, unos higos frescos cortados en cuartos.
La primera mordida fue una revelación. A diferencia de los quesos curados que agreden el paladar con intensidad, el Mascarpone te abraza. Es suave, casi maternal. Tiene ese sabor a nata fresca que te recuerda a la infancia, pero con una densidad lujosa que lo hace sentir como una cena de la realeza. No hay acidez, no hay aristas; es pura untuosidad.
Comer esto para cenar se siente como una pequeña transgresión. Es decirles adiós a las ensaladas tristes o a la pechuga de pollo a la plancha. Es permitirte parar el tiempo y disfrutar de cada bocado lentamente. Es una cena silenciosa, sin el ruido de la campana extractora, donde el protagonista es la calidad de la materia prima.
Desde esa noche, el Mascarpone ha dejado de ser para mí un ingrediente de repostería para convertirse en mi «botiquín de emergencia» culinario. Porque a veces, la felicidad no requiere cocinar, solo requiere una buena cuchara y la valentía de disfrutar de lo simple.