Siguiendo la luz que guía a los navegantes en el Parque Nacional

Cada vez que subo hasta el punto más alto de la isla, donde se alza imponente el faro isla de ons, siento que estoy tocando una página viva de la historia marítima gallega. Construido originalmente en 1865 y reconstruido en 1926 sobre el Alto del Cucorno, este cilindro blanco y robusto ha sido testigo mudo de innumerables travesías, tormentas y regresos a puerto. Recuerdo la primera vez que llegué jadeando después de la dura ascensión: el viento me golpeaba con fuerza, pero al rodear la base del faro y asomarme al vacío, el mundo se desplegaba en 360 grados. Al norte, la ría de Pontevedra se funde con el Atlántico en una línea borrosa de azules intensos; al oeste, el océano abierto se pierde en el horizonte sin promesas de tierra cercana; al sur, las siluetas lejanas de las Cíes parecen flotar como guardianes dormidos. Esas vistas impresionantes no son solo belleza: durante siglos, esa luz intermitente ha sido la diferencia entre la salvación y el naufragio para marineros que navegaban entre nieblas espesas y corrientes traicioneras. Me han contado los pocos habitantes que aún quedan en la isla historias transmitidas de generación en generación sobre cómo el faro salvó vidas en noches de temporal, cuando el rugido del mar ahogaba cualquier otro sonido y solo quedaba confiar en ese destello regular que cortaba la oscuridad. Hay leyendas que se entretejen con la realidad: algunos dicen que en las noches más oscuras se oyen voces en el viento, ecos de antiguos marineros perdidos que el faro no pudo guiar a tiempo, o que el propio edificio guarda el espíritu de los fareros que vivieron aislados aquí durante décadas, subiendo cada día la escalera de caracol para encender la lámpara de aceite primero, y luego la eléctrica. Caminar alrededor de la estructura es sentir el peso de esa responsabilidad histórica; el Parque Nacional de las Islas Atlánticas lo protege como parte de su patrimonio, y al mismo tiempo lo integra en el paisaje como si siempre hubiera estado allí, emergiendo del granito como un centinela natural. Desde su plataforma, a más de 120 metros sobre el nivel del mar, uno comprende por qué este faro es uno de los de mayor alcance en las costas españolas: su luz llega a decenas de millas, un faro en el sentido literal y simbólico para quienes cruzan estas aguas. He pasado horas allí arriba, sentado contra la pared, observando cómo las sombras de las nubes corren sobre el mar y cómo los barcos modernos, con sus radares y GPS, siguen respetando instintivamente esa luz antigua. Es un recordatorio de que, por muy avanzada que sea la tecnología, hay algo primal en confiar en un haz de luz para encontrar el camino de vuelta. El faro no solo guía; conecta el presente con un pasado de riesgos y supervivencia, con familias enteras que dependían de su constancia. Cada vez que bajo de allí, llevo conmigo esa sensación de pequeñez ante el océano y de gratitud hacia quienes lo hicieron posible.