Siempre había mirado la ría de Arousa desde la orilla, apoyado en el pretil de algún paseo marítimo o desde la ventanilla del coche al cruzar hacia la comarca de O Salnés. Me bastaba contemplar las siluetas oscuras de las bateas recortadas contra el horizonte para creer que conocía este paisaje. Sin embargo, no fue hasta que decidí subirme a un velero en el puerto deportivo de Vilagarcía de Arousa cuando comprendí que el mar gallego no se aprecia de verdad hasta que notas el balanceo constante del casco bajo los pies.
Mi plan para ese fin de semana no era ambicioso: buscaba escapar de las aglomeraciones típicas del verano y probar una forma diferente de viajar. Vilagarcía resultó ser el punto de partida perfecto. Su puerto tiene una escala humana envidiable, donde la afición por la navegación convive con naturalidad con la vida marinera de toda la vida. Contraté una salida guiada de día entero con un patrón local, combinando una pequeña travesía a vela con una ruta en kayak hacia zonas de fondos someros donde solo entran las embarcaciones de poco calado.
Soltar amarras temprano por la mañana tiene algo de ritual íntimo. Salimos de la dársena mientras la bruma matinal se iba disolviendo con los primeros rayos de sol, dejando al descubierto una lámina de agua casi plana, resguardada por la geografía caprichosa de la ría. Navegar entre las hileras de bateas es una experiencia hipnótica: el olor penetrante a salitre y mejillón recién sacado del agua, el graznido de las gaviotas posadas en los maderos y el murmullo continuo de la madera crujiendo con la marea. Nuestro patrón no solo gobernaba el timón con calma milimétrica, sino que explicaba cómo las corrientes alimentan la increíble riqueza marina de este rincón atlántico.
A mediodía fondeamos en una cala resguardada cerca de la isla de Cortegada. Cambiar la cubierta por el kayak y remar en silencio entre las aguas mansas, con el bosque de laureles centenarios custodiando la orilla a escasos metros, me dio una sensación de aislamiento y paz que no esperaba encontrar tan cerca del casco urbano. El turismo náutico en Vilagarcía deja de ser una etiqueta publicitaria o una actividad exclusiva para convertirse en un acceso directo y respetuoso a la naturaleza en estado puro.
Al caer la tarde, pusimos proa de regreso hacia el muelle de Vilagarcía con el viento entrando suave por la aleta. Con una cerveza fría en la mano y el sol tiñendo de tonos cobrizos el agua y los barcos amarrados, sentí ese cansancio noble que solo dejan el salitre en la piel y horas de aire limpio. Volver a tierra firme casi costaba; la perspectiva del viajero cambia para siempre cuando aprendes a mirar la costa desde el agua.