Mi marido y yo siempre hemos sido grandes gourmets. No nos gusta mucho viajar ni tenemos muchos hobbies caros, pero si se trata de comer, entonces no reparamos en gastos. Antes de que llegara Lucía, salíamos a cenar casi todas las semanas o, al menos, cada quince días. Nos gustaba conocer nuevos sitios y siempre estábamos pendientes de los suplementos culinarios de los periódicos para conocer los restaurantes de moda de la ciudad… y en nuestra ciudad hay muchos.
Pero, como digo, eso era antes de Lucía. Nuestra querida hija llegó hace un año y nuestra vida cambió. Ha sido una niña muy esperada y nos alegra cada día un poco más, pero no todo es positivo en la vida de una madre y un padre. Sé que muchos “colegas” se las arreglan para llevar a sus hijos pequeños a cenar y no piensan en cambiar su vida por muchos hijos que tengan (luego, la mayoría, se dan el batacazo cuando asumen que es imposible mantener el mismo ritmo de vida siendo padres).
En nuestro caso, además, no tenemos ayuda de nuestros padres por diversas circunstancias, así que nos las debemos arreglar nosotros solos. Ahora cuando le pregunto a mi marido si prefiere carne o pescado él esboza una sonrisa: “otro fin de semana en casa”. Bueno, no hay mal que por bien no venga. A cambio de salir mucho menos a cenar, estamos mejorando nuestra autonomía culinaria. Porque somos gourmets pero de cocinar, antes, poquito. Eso ha cambiado gracias a Lucía.
Y, por otro lado, también están los servicios de comida a domicilio, cada vez más eficaces. Antes solo te traían unas pizzas o unas hamburguesas a casa: ahora puedes pedir comida a restaurantes de nivel, que son conscientes de que muchos de nosotros no podemos salir de casa tanto como nos gustaría.
A pesar de todo, la última semana decidimos que, después de un año, había que salir. Mi marido me dijo lo de carne o pescado pero con una sonrisa diferente. Pedimos ayuda a la canguro de los vecinos, que es de confianza, y bajamos al tailandés de la esquina, que no es el mejor del mundo, pero nos supo a gloria… después de un año sin comer fuera.